Albino Diéguez Videla
Albino Diéguez Videla
[azul]Vivir pensando[/azul]
Me surge naturalmente el título de estas líneas porque ellas son escritas en un final de siglo absolutamente negado al pensamiento. No me refiero sólo al pensamiento profundo, sino al que se desarrolla con naturalidad cotidiana.
Esa falta de pensamiento revela un desinterés que –sobre todo lo testimonian los medios de comunicación- está escalonado en todos los niveles de la vida.
La idea de lo dicho nace, por una estimulante oposición, desde las pinturas de Liana Strasberg, porque lo primero que ellas nos proponen es un pensamiento: su dirección queda en libertad de los contempladores. En Strasberg, la visión artística provoca una actividad intelectual, hecho nada corriente en la plástica de esta época. Sus pinturas son el detonante para un pensamiento que puede centrarse primero en el hombre y, luego, en la violencia. El hombre –siempre el mismo- es el causante de los desvaríos violentos, por lo cual esa “razón de la sinrazón” lo describe como un ser dispuesto a la crueldad sistemática.
Las secuencias que Strasberg ha pintado en la década que corre –“Primavera de Praga”, “1939”, “Octubre Rojo”, “China del 33”, “La escalinata de Odessa”, “Acorazado Potemkin”, “Stalingrado”, “Guerra del Golfo”, “El Salvador”- describen hechos violentos producidos y protagonizados por el hombre. Él es el que está en esas pinturas en las que no se encuentra ningún sesgo político porque su razón de existencia es testimonial.
Lo más curioso de estas telas es que provoquen un pensamiento parecido –y siempre sobre el hombre- al que comunican las telas de Cándido López, tan alejado de Strasberg en el tiempo y en la metodología estética.
Delante de las alargadas pinturas de López uno reflexiona sobre la mencionada “Razón de la sinrazón” y lo mismo pasa cuando se recorren las de Strasberg. Hay en ambas producciones artísticas algo que excede a la obra de arte: es la milagrosa inducción a un pensamiento concreto. Este señala con dureza una realidad, la que vivimos desde que el hombre aprendió a dominar al hombre.
Pocas veces las situaciones históricas convertidas en argumento plástico conmueven como en el caso de Liana Strasberg, porque ella –como lo hizo Cándido López- se limita a pintar un hecho y a describirlo y, al hacerlo, le da a la obra de arte una dirección que se liga a la conciencia del contemplador.
En una época en que las noticias dramáticas ocupan en los medios el mismo lugar que las más frívolas, las telas de Strasberg se yerguen como mojones de la historia que, inconscientemente, protagoniza el hombre. Siempre el mismo; siempre el productor de esa “Razón de la sinrazón” que es una suerte de castigo cíclico asumido.
El color atemperado, la composición de ejemplares perspectivas, ayudan a que la conmoción de lo que muestra Liana Strasberg se transforme en acontecimientos visuales que se comprenden desde los recuerdos de la conciencia. Desde ella aparece el pensamiento, ese compañero humano postergado, o decididamente olvidado. El pensamiento –y la perplejidad que puede seguirlo- se activa como una catarsis desde estas obras de desesperada esperanza en el hombre.
[azul]Albino Dieguez Videla[/azul]
De las asociaciones Argentina e Internacional de Críticos de Arte

