2019 - 3er Premio Adquisición de Escultura Museo Sivori

"Lo que no se deja ver"

"Lo que no se deja ver"

2019 - 3er Premio Adquisición de Escultura Museo Sivori

Las anteojeras opacan la mirada de quienes las usan; y lo que no se puede ver es imposible recordar.

Instalación visual y Sonora
Resina, tubos pvc, bombas, Arduino, sangre artificial, sonido, componentes electrónicos
Dimensiones 2.00 m x 1.00 m x 1.00m

El núcleo conceptual de la obra es la Memoria en relación con la Mirada como forma de dominación. Las anteojeras opacan la mirada de quienes las usan; y lo que no se puede ver es imposible recordar. Al hacer transparentes las anteojeras invierto su función transformándolas un velo que se ha corrido y permite contemplar las imágenes del horror de una sociedad opresiva. La Sangre circulante alude a la vida y a la posibilidad de revertir, mediante una reapropiación de la memoria, que lo que ha acontecido no vuelva a suceder. El goce, la muerte y el dolor mediatizados por la Sangre de mujeres ausentes, sin rostro, en una sociedad distópica.

Texto sobre mi obra "Lo que no se deja Ver"

Un verano en Buenos Aires. Venía trabajando en mi taller con el imaginario de la ropa femenina que realizaba en resina, fusionada con tubos a modo de venas y fluidos recorriendo su interior. La sangre, alegoría de la vida, el dolor y el sometimiento se convirtió en un elemento par de la obra. Se trataba de una imagen bella como contrapunto de la opresión...
En paralelo, había comenzado una investigación sobre los velos que, en distintas culturas, cubren el cuerpo de las mujeres, especialmente su cabellera. Dicha pesquisa buscaba ahondar en cómo estas prendas operaban en diferentes sociedades teocráticas; llené un cuaderno de bocetos y genealogías; anoté nombres cuyos significados al igual que los rostros cubiertos por los velos, permanecían oculto para mí: tichel, hijab, shayla, chador -términos que significaban ‘cortina’, ‘pantalla’, ‘separación’-. A través de estos registros, comprendí que mi hilo conductor era la reclusión de la mujer al ámbito privado, garantizando su ocultamiento a la mirada del hombre.
Mientras profundizaba esta investigación, me encontré con imágenes que reforzaban mis ideas sobre la relación entre la vestimenta y la dominación. Súbitamente, por azar o coincidencia, tuve contacto con El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood adaptada al cine. Esta distopía postapocalíptica explora la opresión de sus protagonistas femeninas, sometidas a una vigilancia extrema a través de los llamados ’Ojos’. Visualicé una escultura-instalación que no solo dialogara con la tradición de los velos, sino que pudiera materializar la tensión entre la opresión y la belleza. Intuí que debía continuar por este camino y dejar atrás los corsets que había venido explorando en mi recorrido artístico, tan ligados al erotismo; abandonar el cuerpo y tomar los rostros.
Comenzó así el proceso de construcción de esta pieza. Hice bocetos de distintos tipos de velos y, con mi cuaderno de apuntes, fui a ver a Danisa, experta en moldería de prendas. Involucrada en mi proyecto, trabajamos juntas con moldes diversos, probando prototipos sobre su cabeza para analizar sus formas y caídas. Mientras tanto, en su taller, un grupo de mujeres observaba nuestro trabajo con curiosidad y cierto asombro. El desconcierto inicial dio paso, con el tiempo, a la revelación de que aquellos patrones podían transformarse en una obra de arte, ya fuera en un futuro cercano o lejano. En un principio, permanecieron en silencio, pero con el tiempo comenzaron a hacer preguntas en torno a la pieza y su sentido.
Luego de unos meses de trabajo, colgué en mi estudio las cofias, en diálogo de a dos. Fue entonces cuando advertí los cuerpos ausentes, la visión fantasmal de esos velos. La sangre circulante, definía el rol de estas mujeres en las sociedades totalitarias; sangre de mujeres ausentes, sin rostro, en un mundo que las había condenado a la invisibilidad.
Fue en ese momento que decidí abandonar algo tan ligado el erotismo como los corsets que había venido haciendo en mi recorrido artístico y centrarme en el velo de cabeza. Dejar el cuerpo y recuperar los rostros.
Si el velo tradicional ocultaba, el mío debía revelar. La resina me permitió jugar con esa inversión, convirtiendo la invisibilidad en una presencia espectral. Debían ser completamente transparentes, transformándose en un velo que se ha corrido, que nos permitiera contemplar, las imágenes del horror de una sociedad opresiva. La femineidad es eso que no se deja ver. Definitivamente, la mirada era el núcleo de la instalación o, como señala Derridà en Velos, “el corrimiento de velo no es el develamiento de una verdad”. Para darles una voz, incorporé un audio con una respiración que emanaba de ellas: la mía propia. Ya no serían silenciadas sus voces. Un sonido que llenaba el espacio, evocando la presencia de esos cuerpos ausentes.
Cuando vi la obra en el museo, luego de ganar el segundo premio en Escultura, casi un año después, una sucesión de imágenes delante de mis ojos me llevó a preguntarme: ¿podrán estas frágiles tocas subvertir la mirada del mundo opresivo en que vivimos? Algunos espectadores quedaron en silencio, otros vieron solo formas sin historia. Pero el eco de esas presencias sigue ahí, esperando ser escuchado.
LIANA STRASBERG